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32 años. Afgana. Desde hace una década reside en Barcelona. Allí cayó en una familia que la impulsó. Venía de sufrir la guerra de Afganistán. Una bomba le abrasó la mitad del cuerpo a los 8 años. Con 11 cambió su identidad por la de su hermano muerto para salir a la calle. Ahora, se encierra en la biblioteca a estudiar Desarrollo Internacional y trazar libros

“El secreto para salir adelante es comenzar”. Este consejo de Mark Twain da la bienvenida en su WhatsApp.

Voy cambiando.

¿Qué quiere decir con ésta?

Siempre me encuentro con muchas dificultades.

¿Por ejemplo?

Me he encontrado personas maravillosa que me han impulsado y otras que me han recalcado que no era capaz.

¿Le sigue pasando mucho ahora en Barcelona?

El otro día en clase del master de Desarrollo Internacional una compañera me dijo, “¿eres consciente de que te has metido en unos estudios que superan tu capacidad? ¿A lo mejor no te han explicado que es difícil?”.

Como está el patio.

Y los profesores tanto en Afganistán como aquí nunca me han visto como una alumna brillante, más bien como alguien que no era capaz.

¿Le bloquean esos golpes de realidad?

Cinco minutos con un dolor fuerte. Me aíslo en silencio y lloro. A veces, este tipo de desmotivación me sirve para motivarme. Si me dicen que no puedo, no dejo de probar.

¿Con qué método?

Dedicar una media de diez horas diarias.

 ¿Con qué objetivo?

Porque, a pesar de las ayudas internacionales que he recibido, no he podido avanzar por sistema. A veces, me sentía como una esclava. Entonces, aspiro a cambiar mi ritmo de vida, a modificar mecanismos que me han afectado. Entre tanto, voy avanzando con una ONG que opera en Afganistán y en Barcelona.

Aha.

No puedo cambiar el mundo, pero sí reeducarme de lo que aprendí.

Y para ello ha publicado tres libros.

El cuarto lo tengo en la cabeza. Irá sobre mis sentimientos y el mundo occidental.

¿Nos desvela una observación?

Siento que entre mi vida en Oriente y aquí hay cien años de diferencia. En concreto, en Europa se tiene en la memoria el horror de los campos de concentración. En mi país, mi familia y mis amigos viven en uno. El julio pasado, estando allí, 620 personas murieron por atentados suicidas, violencia y miseria.

¿Cree que se relata de forma fidedigna lo que ocurre en países como el suyo?

Hay pocos periodistas freelances para poder transmitir la realidad con independencia. Entiendo que si los artículos van en contra de su país nadie los publicaría. Y esa persona tiene que vivir. El asunto es profundo.

Siga.

El interés que mueve el mundo actual es el dinero y la fama, patrones que casan con la gente pobre de Afganistán.

“Voluntariado del Corazón: La semilla de Afganistán”. Éste es el título de su conferencia, organizada por La Nueva Asociación, en Alicante.

Voy a hablar de personas, de voluntarios. Quizá mente a mi familia catalana, a mis amigos, a mis paisanos… Sobre todo, subrayar la importancia del que da sin esperar nada a cambio. Gracias al altruismo mis posibilidades se han ido ampliando.

 

Cuente un caso reciente.

Hace dos semanas. Iba andando por la calle con mi madre catalana, que se detuvo para sacar dinero del bolso y dárselo a un señor que pedía. Yo, al verlo, le dije que “no, no, no tienes que darle dinero porque el otro día vi como salía del supermercado con varias latas de cerveza”. Y mi madre me miró y me dijo: “Yo le voy a ayudar sin juzgar en qué gasta su dinero. Él es libre para decidir en qué gastárselo. También tiene derecho, igual que el Papa o yo, para tomarse una cerveza”. Esa forma de pensar y actuar es voluntariado.

Dijo al Diario de Ibiza que no teme la muerte, sino “la falta de libertad”.

Poder hacer lo que uno quiera, sin que nadie te juzgue ni te lo impida por ser mujer. Yo ejerzo de trabajadora social y me he encontrado que, a veces, hay poco margen de movimiento.

¿Cómo marcha la lucha por los derechos de las mujeres en Afganistán?

Ahora tienen la posibilidad de salir de casa, de ir a la Universidad, de trabajar en Kabul.

El progreso ha sido importante, pese a que persisten muchas limitaciones. Si en el camino violan a una mujer, se culpa a la familia por dejarla salir.

En España el machismo está muy presente.

Cuando llegué me pareció el paraíso. Con el paso del tiempo he comprobado que las mujeres también tienen muchas dificultades.

¿En su piel?

Cuando acabé la carrera de Trabajo Social fui a una entrevista que solicitaba una educadora social. Cuando terminé, acto seguido me dijeron: “Tu perfil es muy adecuado pero solo hay un problema, queremos dar prioridad a los hombres”. Me quedé con cara de tonta y pensé: “¿Por qué me has hecho venir?”. Me quedé con ganas de decirle sé como funcionar como un hombre, porque lo fui durante muchos años y me veo capaz. No hay diferencias con las mujeres.

Con 11 se hizo pasar por su hermano fallecido para poder ir al colegio. ¿Cómo fue la experiencia?

Cuando

¿Y con sus compañeras de aula habla de esto?

Claro. Les digo que no se confíen, que no se duerman. Falta lucha.

¿Cómo empoderarse de forma efectiva?

Cuando veo a mujeres de 18 años que se enfocan para gustar a los nombres, digo: “No, no, por favor, ocúpate de ti misma. Cuando tú seas fuerte, seas valiente, los hombres estarán ahí”.

Aquí la mujer convive con la presión de ir maquillada, depilada y peinada.

Me preocupa más que algunas de mis alumnas se sientan mal cuando su foto del WhatsApp no resulte sexy. Su belleza está en su educación, en su autoestima.

¿Y qué hacer si trabajas por menos salario?

Sacar la voz. Ser consciente de la situación y, luego, luchar por mis derechos.

¿Por qué nos cuesta tanto hablar claro de ciertas injusticias?

Porque no sabemos nuestros derechos, nos falta libertad interior para reaprender. Las mujeres musulmanas que aguantan en el silencio dicen que es por su fe. ¿Qué fe?

¿Y la suya?

Al encontrar paz dentro de mí, he sido capaz de dialogar, ahora doy clases de diálogo interreligioso en colegios de Barcelona gracias a la UNESCO. Esto me lleva a aprender de hindúes, judíos y cristianos.

¿Qué tal lleva ser musulmana?

Yo nací en una familia musulmana, sin escoger ser musulmana. Ahora he escogido ser musulmana.

¿Cómo cambia su mentalidad?

Estudiar y experimentar es como una medicina que me está curando las heridas. Además, la filosofía de mi familia ha sido tú elige dónde quieres ir y nosotros te acompañamos.

¿Cómo se ve dentro de quince años?

Implementando en Afganistán la información que haya aprendido para ayudar a mi gente a vivir en un ambiente de paz. Para eso necesito la protección de una organización mundial.

Que así sea.

Sueño con ver en mi tierra una estampa de estudiantes veinteañeros como viví el otro día en el patio de la Pompeu Fabra. Pensé: “Con la cantidad de jóvenes afganos de esa edad que no estudian vieran que este mundo existe cómo se sentirían”. Me emocioné mucho.

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